Un hombre...

Su tierra...

viernes, 25 de noviembre de 2016

El almohadón de plumas y otros cuentos de Horacio Quiroga



“Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. 

Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.”









 

A la deriva.

viernes, 4 de noviembre de 2016

En la murallas de Eryx (o Avatar en el planeta Venus)










Como muchos, me gusto la película Avatar de James Cameron, y como muchos no me sorprendió que los efectos especiales se comieran la trama, eso era algo fácil de suponer. La película en si era una mescla de Pocahontas/el ultimo samurái/Danza con lobos/ect. Hay pocas cosas que sean originales en esa película, pero no solo en cuanto a cine, porque toda su trama puede verse como una adaptación no autorizada de El nombre del mundo es Bosque, de Ursula K. Le Guin.

Aunque podríamos ir mas atrás aun, hasta un breve relato de 1936, por Kenneth J. Sterling (erróneamente este cuento ha sido atribuido a Lovecraf a menudo, cuando es tan alejado de su estilo que seguramente el solo lo revisó), donde hallamos unas cuantas cosas familiares para quien vio el film sobre avatares y na´vis.



En los muros de Eryx


Antes de tratar de descansar voy a redactar estas notas como preparación para el informe que debo realizar. Lo que he encontrado es tan singular, tan contrario a toda experiencia pasada y a toda previsión, que merece una descripción muy cuidadosa. Llegué a la base principal de Venus el 18 de marzo, según el calendario de la Tierra; VI, 9 del calendario del planeta. Tras ser destinado al grupo más nutrido, al mando de Miller, recibí mi equipo - un reloj dispuesto para tener en cuenta la rotación, algo más rápida, de Venus- y efectué el habitual entrenamiento con máscara. M cabo de dos días se me consideró - apto para todo trabajo.

Abandonando la base de la Compañía Cristal en Terra Nova al amanecer del VI, 12, seguí la ruta del sur que Anderson había cartografiado desde el aire. El camino era malo, pues esas junglas acostumbran a ser poco transitables tras un aguacero. Debe de ser la humedad que da a esas lianas y ramas entrelazadas su dureza de cuero; una dureza tan grande que con un machete se necesita casi diez minutos para cortar algunas de ellas. M mediodía todo estaba más seco, y la vegetación adquiría una consistencia blanda y gomosa, de forma que el machete cortaba con mayor facilidad... pero ni aún así podía ir demasiado aprisa. Esas máscaras de oxígeno tipo Carter son demasiado pesadas; y el solo hecho de cargar con uña de ellas deja derrengado a un hombre ordinario. Una máscara Dubois, con un sistema de esponja en lugar de cilindros, suministraría un aire igual de bueno con solo la mitad de peso. El detector de cristales parecía funcionar bien, señalando constantemente en una dirección que verificaba el informe de Anderson. Es curioso cómo funciona ese principio de afinidad... sin esas mentiras de los viejos «palos de zahoríes» de allá en la Tierra. Debía de haber un gran depósito de cristales en un radio de un millar y medio de kilómetros, aunque supongo que esos malditos hombres-lagarto deben de estar vigilando y guardándolo.

martes, 18 de octubre de 2016

La ciudad de todos los dioses (Cuento propio)

Un cuento de mi autoria, situado en el Mundo Ibhn, el universo compartido de fantasia que yo y otros autores estamos construyendo de a poco, espero que les guste:


La ciudad de todos los dioses


En nuestro vasto mundo hay ciudades con un pasado asombroso, con un pasado glorioso, y otras con un pasado enigmático, ciudades cuya vida y muerte están ocultas en el misterio. Pero no hay una con historia tan extraña como Massuade, que se hundió en los más abyectos abismos de la corrupción antes de elevarse y alcanzar la santidad.

Situada en el archipiélago de Las Quebrantadas, los primeros habitantes de la isla fueron shariitas, pero hace ya miles de años que abandonaron estas tierras, dejando solo ruinas y extraños y oxidados artefactos de función desconocida. Los siguientes fueron los Tolfek, nadie sabe que hacia un grupo de estas criaturas aquí, tan lejos de sus tierras en Nirr. Pero ellos también abandonaron la isla, dejando solo extraños fardos que una vez abiertos revelan ser momias envueltas en capas y capas de telas multicolores, ocultas en recónditas cuevas.

Posteriormente llegaron hombres negros del Quirim, y fueron ellos los que fundaron la ciudad, a orillas de una amplia bahía protegida de los vientos. Pronto su privilegiada situación, a medio camino entre Quirim y los grandes reinos del norte, benefició enormemente a la pequeña colonia. El comercio fue la sangre que la alimentó, trirremes, naos, dromones, carabelas, dhows, catamaranes de los Belarios, toda clase de navíos llegaban a su puerto, y cargaban y descargaban mercancías: aves exóticas, pieles, hierro, cobre, estaño, platino, perfumes, aceites, maderas valiosas. Y de aquella incesante actividad la ciudad sacaba una moneda de oro, o más de una.

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Massuade en su epoca de mayor esplendor.

Pero la historia nos ha enseñado que la paz y la prosperidad no duran para siempre, y Massuade debió aprender esa lección muy pronto. Por un lado nuevos puertos fueron fundados y se convirtieron en rivales comerciales, pero la mayor amenaza eran los piratas de la Brecha Roja, quienes atacaban a los barcos y robaban sus mercaderías, arrojando a sus tripulantes al mar o llevándoselos como esclavos. Al tiempo que aumentaba la audacia de los piratas los barcos mercantes elegían rutas alejadas de Massuade y frente al riesgo de perder su fuente de riqueza, el consejo de ricos mercaderes que gobernaba la ciudad decidió defenderse y crear una pequeña flota de barcos de guerra para combatir a los piratas.

Contrataron marineros, mandaron a construir galeones a los astilleros de Kapparis, y como almirante de toda su flota eligieron a un joven pero ya experimentado capitán, “nacido a bordo” según sus propias palabras, quien ya había dado pruebas de su valor y habilidad estratégica al pelear en la guerra civil que devastaba a su nación, por desgracia para él combatiendo en el bando perdedor.

Sus órdenes eran simples: acabar con esa plaga que amenazaba el porvenir de Massuade, sin olvidar la prudencia, pero otras cosas como la compasión y el tomar prisioneros podían ser fácilmente ignoradas.

Y un día esa flota regresó a puerto con dos navíos y cien hombres menos, pero alegres y victoriosos, porque habían asestado una gran derrota a los piratas, una derrota quizás definitiva. Pero de aquel día de victoria surgió el fin de Massuade.

Uno de los piratas muertos, quien fue colgado como advertencia y alimento de buitres a la entrada del puerto, resulto ser el hijo del temido Sac´cak´re Rompecuellos (otros dicen que no era su hijo, sino su amante, y al menos una versión especialmente injuriosa asegura que era ambas cosas). El era uno de los jefes piratas más temidos y brutales, famoso por su audacia y ferocidad, y quien se haría famoso también por la crueldad de su venganza.

Y dos semanas después, cuando de su hijo solo quedaban los huesos moviéndose y tintineando con el viento, en una tarde de cielos despejados antes de que el disco solar tocara el borde del horizonte marino, barcos aparecieron frente a la isla. Seis galeras con la enseña de Sac´cak´re, la bandera del hombre destripado, barcos que esperaban allí, inmóviles, como provocando. Las campanas del puerto empezaron a tañer frenéticamente mientras sus habitantes miraban asombrados y temerosos semejante atrevimiento, porque ningún pirata antes intentó atacar directamente la ciudad. Pero el almirante de la flota encargada de su defensa no perdió el tiempo y sus navíos zarparon para perseguir a los bastardos de los mares.

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Sac´cak´re, apodado Rompecuellos.

Estos huyeron cobardemente, seguidos muy de cerca por los galeones de Massuade, cuyos tripulantes esperaban darles caza y acabar definitivamente con la amenaza de la piratería. Pero todo era una broma macabra, un fraude ideado por una mente sangrienta, porque las galeras estaban casi vacías, tripuladas solo por los esclavos remeros y sus capataces con látigos.

La gran mayoría de los piratas había desembarcado en el extremo opuesto de la isla, y aguardaron ocultos en la selva hasta la medianoche, la hora del cuervo. Y entonces cayeron sobre la ciudad en una orgía de sangre y violaciones, las casas fueron incendiadas, los almacenes saqueados y lo que no pudieron robar también fue quemado. La gente fue masacrada y el propio Sac´cak´re, haciendo honor a su nombre, estranguló personalmente a cada uno de los miembros del consejo. Aquella noche fue conocida como la Noche del Llanto, y solo se salvaron los barcos que lograron huir del puerto a alta mar, desde donde veían el resplandor de los incendios y los gritos, muy débiles, les llegaban con el viento.

El amanecer mostró una ciudad a medias en ruinas y con cadáveres en las calles, una ciudad que nunca se recuperaría. El consejo fue abolido y un gobernante asumió el poder, su nombre se ha perdido pero se le recuerda con el nombre de El Infame. Sus días como puerto comercial se habían acabado, pero El Infame hallo una nueva fuente de ingresos, para vergüenza y horror de los escasos supervivientes: convertir a Massuade en refugio de piratas.

Se convirtió en Puerto Ruinas, refugio y diversión para todo tipo de saqueadores del mar, norteños rubios y ojiazules con sus barcos-serpiente, acechadores de la Hermandad del Viento, piratas del Quirim en barcos de juncos, piratas de la Brecha Roja en sus pequeñas galeras, incluso los extraños Hijos del Abismo, de raro aspecto y olor, de quienes se dice que tienen estrechos y malvados vínculos con las criaturas abisales llamadas Nagashyr.

Massuade se convirtió en ciudad de tabernas, apuestas y putas, los piratas llegaban a curar sus heridas y gastar su deshonesto oro. Todo lo ilegal era permitido en Puerto Ruinas: prostitutas demasiado jóvenes, peleas entre bestias feroces o entre hombres y animales, venta de esclavos, venta de venenos, compra de asesinos. Había tabernas abiertas todo el día y toda la noche, y callejones oscuros donde conseguir una sopa mágica cuyos ingredientes principales eran un cuerno de Tolfek y carne humana. Las peleas, reyertas y asesinatos eran rutina, no importando cuanto recomendaran los capitanes a sus hombres que no se metieran en problemas. Era el lugar más impío en el mundo, y fue un acto de los dioses lo que acabó con tanta maldad.

Dicen los sabios que la culpa fue de los cimientos, que la ciudad estaba asentada sobre arena y no sobre roca solida. Pero eso es lo que dicen los sabios, los dioses en cambio dijeron otra cosa, ellos dijeron “desaparece”, y Puerto Ruinas desapareció.

El terremoto ocurrió en la hora más fría de la noche, el suelo se agitó, se sacudió y luego se alzó, y los edificios se derrumbaron. Hubo grietas que se abrieron y gente que cayó en ellas, para que después las grietas se cerraran, y se dice que días después de terminado todo aún se oían los gritos apagados de quienes fueron enterrados vivos.

Fuegos ardieron y empezaron a consumir las destruidas casas, pero antes de que el polvo se asentara vino otro desastre. El mar se recogió dejando al descubierto el fondo arenoso y lleno de desperdicios de la bahía, y vino una gran ola que arrastraba consigo toda clase de embarcaciones. Esa ola terminó de destruir lo que el terremoto dejó en pie, y esa noche Massuade tuvo una segunda muerte.

El amanecer reveló solo ruinas, escombros, restos humeantes, los barcos grotescamente varados tierra adentro y en la playa los cuerpos hinchados de los ahogados. Los sobrevivientes vagaban sin salir de su estupor, pero su sorpresa fue aún mayor al descubrir un prodigio, una señal divina: el único edificio en pie, sin daño alguno, resulto ser un pequeño templo dedicado al ángel Macabel, el mensajero de la paz.

Era apenas un salón de oraciones, estrecho y donde con suerte cabría una veintena de personas, un altar igualmente pequeño y una habitación diminuta para el hermano pacifico. Pero todo estaba intacto y los pocos que lograron refugiarse allí estaban vivos, ese edificio, el cual era un mal chiste en una ciudad tan corrompida como aquella, se transformo en un milagro. Aquel día el Ángel Macabel ganó muchos nuevos seguidores y volvió benevolentes muchos corazones.

Pero no fue el único, los sobrevivientes diseminaron por lejanas tierras el milagro de Puerto Ruinas, y con el tiempo no fueron piratas los que arribaban a su bahía, sino sacerdotes, monjes, predicadores, fieles y fanáticos de todos los tipos y de todos los dioses.

A cien años de aquella noche terrible y de un nuevo amanecer, Massuade es una ciudad nueva y extraña, con gran numero de pequeñas casas y granjas rodeadas de sembradíos. Pero no hay tabernas ni prostíbulos, no hay cuartel o casa del gobernador, ni edificio alguno vinculado a un poder civil o militar. En cambio, repartidos aquí y allá, pequeños y humildes o grandes y suntuosos, hay templos, altares, santuarios, monolitos o arboles sagrados dedicados a un sinfín de dioses. Y esos dioses y sus fieles se llevan bien unos con otros, en lo que quizás sea el mayor milagro de todos.

El culto a los ángeles es fuerte aquí, los seguidores de Ezequiel El Olvidado vagan de un lado a otro perdidos en su propia falta de individualidad, los de Macabel El Puro predican sobre la paz y la hermandad entre todos los seres vivos, mientras a unos pocos pasos una estatua de Joel El Sanguinario, el creador de la violencia, está cubierta hasta la cintura de todo tipo de armas, rotas y abolladas algunas, ensangrentadas la mayoría, dejadas por sus seguidores dedicados a la guerra.

Pero hay más dioses presentes, algunos insólitos y con pocos seguidores. Esta Kammu el No-nato, un reseco feto momificado guardado en una urna de jade con asas de plata, supuestamente el hijo de un dios y una mortal, abortado por las manipulaciones de un demonio. También hay un pequeño grupo de Tolfek que adoran al Gran Cornudo, un héroe legendario cuyo cráneo cuenta con doce cuernos, ellos creen que esta isla es el origen mítico de su raza y adoran también a las momias guardadas en cuevas, grandes protagonistas de epopeyas ya olvidadas.

También hay templos y altares dedicados a los Sesenta y seis dioses, a los Titanes, a los Antiguos, a Seehlum El Impaciente, el Antiguo que creó su propio mundo desobedeciendo órdenes, un paraíso al cual sus seguidores aspiran llegar una vez muertos. Hay un pequeño bosque dedicado a los espíritus de la naturaleza, un pilar de mármol moteado dedicado a la Doncella-Luna, santuarios pertenecientes a las Tres Hermanas, al Coronado de Estrellas, al Cachorro de la Noche, al Dios que es Diosa y a la Diosa que es Dios, cuyos sacerdotes son a la vez sacerdotisas y viceversa. Hay un pozo lleno de pirañas dedicado al Gran Devorador, y un libro enorme que es leído todo el día y toda la noche, conteniendo las aventuras de Salos de Jokk, héroe legendario cuya existencia real ningún erudito discute pero cuyas hazañas se han exagerado al punto de ser divinizado por muchos.

Incluso hay un árbol Tooash-iimo donde los cultistas del Árbol Rojo realizan pequeños sacrificios de sangre causándose heridas en las muñecas o en las palmas de la mano.

Uno de los cultos más extraños es el dedicado a Nehrkal Spire, aquel erudito que buscó desentrañar y dominar los secretos del poder síquico. Sus seguidores creen que el ascendió a un plano superior de la existencia, elevándose por encima de lo material y del pensamiento humano, a un nivel más cercano al de las mentes de los Titanes o incluso a las de los propios Antiguos. Sus rituales son extraños y para muchos ridículos, sus fieles usan mascaras de insectos para representar a los abejorros Kunclav e imitan su repelente zumbido, y a veces se arrojan al suelo en medio de espasmos y convulsiones, fingiendo los ataques sufridos por los síquicos. Pero todo esto es solo ritualismo superficial, porque a lo que ellos aspiran es a despojarse de su envoltorio terrenal y volverse uno con la mente de Nehrkal, y hay rumores de que bajo el suelo de la isla, en cavernas desconocidas, están construyendo una estructura de hierro arcano en imitación del artefacto con cual Nehrkal buscó revelar los misterios del poder síquico y abrir puertas en su propia mente…

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Los signos del Zodiaco, tan monstruosos como nunca antes los viste



Estos dibujos de Damon Hellandbrand nos muestran a los signos del Zodiaco de un modo digno de Lovecraft, de Guillermo del Toro, de H.R. Giger o de Silent Hill… aunque estoy un poco decepcionado de que no aparezca Ofiuco, el treceavo signo que es precisamente el mío.

 
1. Aries.
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2. Tauro.
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3. Géminis.
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4. Cáncer.

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5. Leo.

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6. Virgo.

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(A mi no me engañan, esta es Dren de la pelicula Splice)

7. Libra.

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8. Escorpio.

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9. Sagitario.

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10. Capricornio.

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11. Acuario.

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12. Piscis.

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 Fuente original.

viernes, 16 de septiembre de 2016

El libro maldito de Bartholomeus Nazarí



Cuento original de Charles Champs dHiers (seudónimo), publicado originalmente en Todorelatos, lo publico porque me ha parecido muy bueno, una historia genial que habría sido del total agrado de Lovecraft o Jorge Luis Borges. 

El libro maldito de Bartholomeus Nazarí

Fuera llovía. Diluviaba. Parecía como si Madrid, esa sólida balsa de ladrillo rojo, señora de la Meseta, se hubiera metamorfoseado en un gris acorazado que tratase torpemente de maniobrar en medio de la tormenta. Dentro, en cambio, reinaba un silencio casi absoluto, más acompañado que roto por el suave tintineo de las gotas sobre los robustos ventanales o alguna que otra respiración más profunda de lo normal.

Con paso cauto y respetuoso, Carlos se dirigió al despacho de su amigo Luis. Y no era cosa fácil. Antes debía atravesar dos salas repletas de estudiosos, universitarios, curiosos y demás gentes de mal vivir. Todo un Rubicón de concentrados lectores dispuestos a afearle cualquier ruido ligeramente superior al latido de un corazón. Bien lo sabía él, ya que no era la primera vez que había hecho ese camino. Es más, disfrutaba haciéndolo. Gustaba imaginarse como un ladrón de guante blanco evitando activar las sensibles alarmas de un hollywoodiense museo. Eso sí, sin contar con la inestimable ayuda de la sempiterna y despampanante morenaza vestida de cuero a su vera. Lo que no dejaba de parecerle una lástima, por cierto.

Objetivo conseguido. Ni tan siquiera un leve carraspeo había interceptado su incursión por "territorio comanche". Sin embargo allí, en el despacho de su amigo, no había nadie para recibir al héroe. Aún así entró. Había confianza. No en vano habían compartido seis largos años de vida universitaria hacía aún no mucho. Además, le resultaba divertido poder observar a sus anchas aquel cuarto sin Luis dentro, aunque con Luis presente en cada detalle. Era su yo convertido en metros cuadrados. Los libros de la estantería pulcramente ordenados por temas y autores, las butacas situadas frente a la mesa casi con escuadra y cartabón, las fotos de su esposa e hijos estratégicamente colocadas para poderlas ver todas a la vez cuando su corazón le exigiese un nostálgico golpe de vista. Todo era Luis. Su orden, su espíritu, su pulcritud.
Disculpa por la espera. - Una voz familiar sonó a su espalda.
Un enorme y pesado libro firmemente cautivo entre sus brazos antecedió a la entrada de su amigo. Venía esbozando una sonrisa algo extraña que parecía completamente ajena a aquel encuentro. ¿Jugaría él también a ser un burlón ladrón mientras atravesaba las salas que llevaban a su despacho? No, demasiado poco serio para él. Aún así, algo raro notó en él, tal vez que estaba algo inquieto, lo cual no era habitual en Luis ni cuando había exámenes finales. Demasiado trabajo, pensó.
Atención. - Dijo sin preámbulo alguno mientras dejaba el objeto de su amoroso abrazo sobre la mesa - Esto que vas a ver, a presenciar, es seguramente lo más valioso que jamás hayas tenido ante ti. Lo que a continuación te voy a enseñar no forma parte de la historia: es historia por sí solo. Además, ten en cuenta que vas a ser la segunda persona ajena a esta "magna" Biblioteca Nacional a la que se le permite verlo. Ahí es nada.

Bueno… ¿Qué ves? - Le preguntó con la misma cara de ajo que les ponía a ambos su viejo profesor de historia del arte.

Veo a un ex compañero de clase que debe tener una razón muy poderosa para hacerme venir a toda prisa en medio de este diluvio a escala. Y un libro. También veo un libro - respondió burlón.

"Un libro". Escuche bien jovencito - le espetó el otro en tono falsamente ofendido -, no le aburriré con las características físicas de esta obra maestra del siglo XVI, cuya cubierta de plomo presenta unos gruesos nervios embellecidos con pan de oro, encuadernación rústica, formato gran folio, en edición trilingüe castellana, hebrea y latina…
 
¿De verdad qué no me lo vas a describir? - Con Luis había que ser cortante si uno quería llegar al fondo del asunto antes de la semana siguiente.

Abrevio. - Le dijo de mala gana - Está usted, querido amigo, ni más ni menos que ante el "Estudyo de la Muy Singular Cábala y de sus Muy Grandes Saberes" del alquimista y filósofo Bartholomeus Nazarí.

Una obra de arte, como ya has dicho - bufó un poco desilusionado Carlos. No es que no supiese ver en aquel volumen por su valor histórico o artístico, es que el tema no le atraía en absoluto.

El asqueroso racionalismo del señor estudioso de historia actual elevado al cubo, como esperaba - renegó el bibliotecario -. Permite que te cuente su historia, y luego me dirás si me he ganado una galletita o no.
Los ojos de Luis brillaban como cuando llevaba una buena baza, además Carlos sabía que no tenía nada mejor que hacer, así que esperó a que su amigo tomase asiento y se preparó para escuchar lo que éste hubiera de contarle. Era o eso o batirse contra la tormenta. Aunque luego tuviese que dar a su amigo una galletita. O precisamente por no perderse ese momento.
Ejem… - carraspeó artificiosamente el otro para darse importancia, o tal vez para restársela al asunto -, supongo que tú de la cábala sabrás lo mismo que sabía yo hace un mes… o sea, nada.
La respuesta fue casi a la par: nada de nada, sí.
Sería muy aburrido y muy costoso explicarte lo poco que hasta ahora he aprendido sobre qué es o qué dicen que es la cábala. En pocas palabras te diré que cábala, "Kábala", significa recepción. Recepción total y completa de toda la sabiduría que encierra la Torah hebrea. La llave que nos abre todos los conocimientos Divinos que se encierran tras la Palabra de Dios. En resumen, pura filosofía, sobre todo para alguien tan materialistas como tú o yo, razón por la cual no nos habíamos interesado nunca antes por ella.

Sin embargo, nuestro bien amado Felipe II el Prudente, espada de la Cristiandad, martillo de herejes y despanzurrador de holandeses, franceses e ingleses no era de esta misma opinión. Es más, resulta que fue un auténtico fanático de todo lo relacionado con el esoterismo hebreo, llegando a convertirse en toda una autoridad en temas tan arcanos como el Templo de Salomón, como reconocen varios contemporáneos suyos.

Y aquí es donde entran en escena el bueno de Bartholomeus y su obra. Felipe II tenía una relación un tanto singular con los judíos. Por una parte no puso ni traba ni cortapisa alguna para que la Inquisición quemase a cuantos falsos conversos encontrase por la calle, pero por otra protegió y fomentó el trabajo de personas como su bibliotecario, Sigüenza, al que osó arrancar de los brazos del mismísimo Santo Oficio que llegó a juzgarle acusado de ser un judaizante.

Bartholomeus Nazarí, afortunadamente para él, no vivía en Castilla, sino en Brescia. O al menos sabemos que allí publicó en 1572 un tratado sobre alquimia. Algo así como "Della Tramutatione metallica sogni tre". Beneficiado por esta lejanía, aunque bien espoleado por los buenos dineros y mercedes del monarca, pudo desarrollar su trabajo con mucha más tranquilidad. Prueba de ello es que tienes ante tus ojos el resultado de sus esfuerzos.

Sin embargo, y es que por desgracia siempre tiene que haber un sin embargo, algo debió de salirle mal, o demasiado bien, porque sea por lo que sea, a esta maravilla le ha acompañado una pequeña leyenda negra - mientras decía estas palabras sus ojos se tornaron sobre las tapas del libro al que regaló una suave caricia como si se tratara de un ronroneante gatito. - Una especie de maldición, podría decirse.
 
¿En serio? - Carlos, que había permanecido en respetuoso silencio permitió a su amigo que se tomase un respiro. Además, si no fuera porque le conocía bien, ahora sí juraría que su amigo estaba nervioso- ¿Algo así como la tumba de Tutankamon?
Luis sonrió.
Peor. Mucho peor. -Dijo con tono macabro - Agárrate que vienen curvas, compañero: este libro, que se sepa, jamás a provocado la muerte de ninguno de sus ilustres propietarios, aunque no se puede decir que les haya dado mucha suerte tampoco.

A Felipe II, una vez acabado, le llegó directo de Brescia en el año 1588. Un mal año, el peor de todo su largo reinado. La Invencible vencida, los holandeses histéricos, problemas familiares. Bien sabemos que no fue el principio del fin, aún dieron mucha guerra nuestros Tercios por tierras herejes, pero sí fue el inicio del declive de su reinado.

De todas maneras, podríamos hablar de simple casualidad. El libro permaneció guardado tras la muerte del monarca. Es más, se sabe con toda seguridad que ni su hijo Felipe III ni su nieto Felipe IV lo tocaron y ninguno de ambos tuvo mucha mejor suerte mientras esta obra de arte se llenaba de polvo en el olvido.

Y así estuvo, olvidado, hasta que un buen día desapareció. Se esfumó. Las malas lenguas dicen que el conde duque Olivares se lo regaló a un judío portugués que le había financiado la puesta de no una sino trescientas picas en Flandes, que no son pocas picas, voto a tal. Y así permaneció, oculto como tantos otros libros, hasta de un tal Salvador de Loreçaguirre lo adquirió hacia 1798.

Este Salvador era un filántropo, ¿sabes? Un miembro de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País, que destrozado al ver en que estado habían dejado los revolucionarios franceses su centro de estudios, el "Real Seminario", durante la invasión de Guipúzcoa del 94, se dedicó a adquirir toda clase de libros para reconstruir la maltrecha biblioteca de los "Caballeritos de Azcoitia". Suponemos que este libro iría en un lote, porque no parece que su tema les debiese interesar mucho a tan ilustrados señores. 

Olvidado de nuevo en cualquier rincón o, a lo sumo, expuesto como una rareza, poco duró entre ellos. Las relaciones entre la Sociedad y el todopoderoso Godoy, el plenipotenciario de Carlos IV, no iban precisamente bien, así que, para tratar de mejorarlas, le hicieron obsequio de este ejemplar y de alguno otro. Tenemos un registro de palacio de enero de 1805 que así lo atestigua.

A Godoy, qué duda cabe, este libro le importó un comino. Demasiado ocupado estaba el Príncipe de la Paz tratando de evitar que se nos merendasen ingleses o franceses como para darle a la cábala. Sin embargo, parece ser que a su señor Carlos IV sí le pareció un interesante pasatiempo, y tenemos constancia por boca de una tal Bellelli, un embajador veneciano, que el rey hablaba maravillas del libro.

Volvió pues en sus regias manos a cobrar vida el libro, y volvieron con él sus maldiciones. No te digo más que este pequeñín se convirtió en obra de cabecera del monarca de 1805 a 1808. O sea, desde Trafalgar hasta su huida-secuestro en Hendaya y la consiguiente invasión francesa. Más que toda una coincidencia… ¿no crees?

Pues ahí no acaban las coincidencias. Es más, tal vez ahora llegue lo más rocambolesco de toda esta historia. Y es que, entrados los gabachos, derrotados en Bailen, vueltos a entrar e instalado en el trono el pobre Pepe Botella, este pobrecito librito mío comenzó la parte más azarosa de su existencia.

Como recordarás, el pobre rey José quiso serlo de todos los españoles. Cosa difícil para un extranjero apoyado por tropas extranjeras, pero Felipe V ya lo había logrado cien años antes, y además él tenía una estrategia que comenzaba por poner un poco de orden en el interior, objetivo que le llevó cuatro años de sinsabores y fracasos, y paralelamente solicitar a su querido hermano Napoleón que, como ayuda, reintegrase totalmente Cataluña a su Corona y le dejase reinar con más libertad. Y para engatusarle no se le ocurrió mejor idea que mandarle, entre otros presentes que le fue haciendo durante estos años, una serie de libros que él, como seguramente el emperador, juzgaban poco menos que "estrambóticos". Un divertimento, vamos. Éste, el favorito del desgraciado rey Carlos iría seguro de los primeros de la lista. 

Localizar a su intrépido hermanito no fue cosa difícil: estaba en Rusia. Camino de Moscú, según se sale de París, todo recto - dijo sonriente-. Y allí que, un veinte de septiembre de 1812, llegaron sin mayor novedad los libros a presencia del ilustre corso. Y con ellos su mala suerte.
En principio, a "Napo" este libro debía de sonarle a chino, porque ni el hebreo ni el castellano eran su fuerte y de latín poco más sabía. Sin embargo, derrotados los rusos en Borodino pocos días antes y conquistado Moscú hacia menos de una semana, Napoleón, si de algo disponía, era de mucho tiempo, ya que esperaba que de un día para otro entrase una embajada rusa pidiéndole paz. 

Además, estaba de suerte, ya que podía contar con la inestimable ayuda de un teniente del pequeño regimiento español que le había acompañado para que le tradujera aquel galimatías.
Cinco semanas de frío otoño ruso en una Moscú abandonada perdió inocente esperando la embajada mientras el invierno se le echaba encima. ¿Casualidad? ¿Influencia del libro? No lo sé, pero a juzgar por esta estúpida y tozuda negativa a retroceder cuando aún estaba a tiempo de regresar con sus tropas enteras, y más viniendo de parte de un tipo tan inteligente, y más, teniendo en cuenta el historial de nuestro libro, te juro que no sé que pensar. O tal vez sí.

De todas maneras, debo decirte amigo, que algo debió de olerse "Napo", porque cuando ya era demasiado tarde y hubo de salir a uña de caballo de Moscú, se "dejó olvidado" entre otras cosas este libro. Entre otras cosas, sí; pero éste fue el único de los libros que le había regalado Pepe que se olvidó.

Reconquistada Rusia, volvemos a perder el hilo de la historia por unos años. El libro fue regalado al zar, quien lo envió a uno de sus palacios de San Petesburgo. Ninguno de los zares le hizo mayor caso, hasta que… ¿a que no adivinas? ¡Sí! - Dijo con una gran risotada mientras se frotaba nervioso las manos - El propio Zar Nicolás II se fijó en él. 

Estaba desesperado el pobre. La salud de su hijo era horrible y ni Rasputín ni ningún otro curandero, santón o médico habían podido obrar el milagro de que sanase. Y sabemos a ciencia cierta que estudió este libro porque contó con la inestimable ayuda de un cura católico ucraniano que luego escribió unas memorias de las que tenemos en esta noble Biblioteca Nacional un precioso ejemplar. 

¿Ya no te sorprende, verdad? ¿A qué empiezas a creer en su pequeña maldición? ¿Aún no? Pues espera a oír esto último: Luis estaba ya embalado y no quiso ni escuchar la respuesta de su amigo. El libro desapareció con la Revolución Rusa. De nuevo permaneció oculto, hasta que en la primavera de 1942 un tal Albert Hessemberg lo encontró entre las ruinas de una aldea próxima al frente de Leningrado.

¿Y sabes qué? - El tono de su amigo sonaba cada vez más alterado, mezcla de admiración y sorpresa-. Pues que resulta que el bueno de Albert era miembro de un batallón de las SS y, conocedor del gusto de su jefe Himmler por todo lo relacionado por el ocultismo, se lo mandó inmediatamente a Berlín.

¡Precisamente en 1942! ¡Precisamente en el momento exacto en el que los nazis comenzaron a perder la guerra! ¿No te parece asombroso? ¿No lo es?

Bueno, vale. - Carlos trató de poner su voz más conciliadora para tratar de apaciguar en lo posible a su amigo - Reconozco que es una historia realmente asombrosa, más que un cúmulo de casualidades, parece realmente que estemos hablando de una maldición… ¡pero, vamos, hombre!… sabes tan bien como yo que todos aquellos sucesos tuvieron unos precipitantes coyunturales y unos antecedentes estructurales. Acuérdate de los comentarios de texto de Historia Moderna. Antecedentes, precipitantes… nada ocurre por generación espontánea. O por la influencia de un libro.

Aún no te he contado todo, querido. - En la cara de Luis comenzó a trazarse una maliciosa sonrisa, casi demente, que Carlos no había observado jamás en su amigo- Debes saber que, como en las películas americanas, aquí también hay sorpresa final. Prepárate.

Caída Berlín, este libro (que por cierto, se encontró entre los enseres de uno de los despachos de Himmler) fue llevado, junto con otro sinfín de objetos preciosos y obras de arte, a la URSS. De nuevo en Rusia, Stalin ordenó que fuera guardado en la biblioteca secreta del Kremlin. - No te sonrías, le espetó bruscamente a su amigo - Stalin lo guardó allí, pero no le presto ni la menor atención.

Ni él, ni Kruschev, ni Breznev, ni por supuesto Chernienko y Andropov, que ya no tenían años para eso, ni para nada, le hicieron ni el menor caso. Allí estuvo el pobre pudriéndose de aburrimiento. Hasta que, en 1986… ¡¿quien sino?!: Mihail Gorbachov rellenó el formulario (burocracia, bendita burocracia soviética) para retirar ese libro junto a otros veinte. ¿Por qué? Porque quería escribir uno más de sus artículos de "consumo interno" para sus allegados sobre el pasado oscuro de sus antecesores en el poder. Lo sé porque ese artículo gozó de gran popularidad ya que llegó a ser publicado en medio de la incipiente libertad de la "perestroika" por una humilde revista moscovita. Una filtración… aunque no sabemos si del propio "Gorby".

Sea como fuere, lo que ocurrió después de que Gorbachov ojeara ese libro ya es más propio de tu campo de estudio que del mío. ¿Cómo fue eso que decía nuestro profesor de historia actual? "Enorme sorpresa eso de la caída del Muro". ¿No era así? Nadie. Ni tú, ni yo, ni nadie se podía imaginar en 1986 lo que iba a ocurrir en 1988, 89… Nadie. Por muchos precipitantes y antecedentes y comentarios de texto que se quieran hacer ahora. Nadie.
Un silencio asombrosamente espeso precedió a ese último "nadie". Ni Luis quería decir ya más, ni Carlos podía aún dar crédito a lo que su amigo le estaba contando. ¿Estaría él convencido de lo que le estaba contando? ¿Se lo creería o le estaría tomando el pelo? Al final, casi balbuceando, trató de recuperar el hilo de la conversación.
Bueno… ¿pero cómo ha llegado hasta nosotros este libro?
La pregunta pareció devolver la consciencia a Luis, que había permanecido desde que había acabado de hablar mirando fijamente hacia uno de los cajones de su escritorio.
Ah, eso - dijo lentamente. Sí, hum, bueno verás… ¿recuerdas que hace unos meses el ministro de defensa Bono devolvió a Rusia la Cruz de Novogorod que habían traído de allí los soldados de la División Azul?. Bien, pues en justa compensación, el presidente Vladimir Putin nos ha devuelto a nosotros esta obra de arte. Es algo muy corriente entre los Estados hacer intercambios de este tipo.

Ah. - Carlos estaba tratando de ordenar aún sus pensamientos cuando la voz de su amigo le provocó un ligero escalofrío.

Te dije que había una sorpresa final… ¿quieres conocerla?

Sí, sí, claro. - Aunque lo intentó, su tono no sonó muy convincente. Luis miró a la ventana, soltó un suspiro y comenzó lentamente. Mira Carlos, yo no digo que todo esto sea cierto, pero da que pensar. ¿A qué sí? El caso es que si escondiese este libro, si lo guardase en una de las decenas de salas de esta biblioteca nada ocurriría. Más no puedo hacer, como comprenderás soy incapaz de dañar un libro. El que sea. Pero hay un problema. Un problema muy serio.

Antes te he dicho que tú eras la segunda persona de fuera de la Biblioteca Nacional que tenía acceso a esta obra. Y no te he mentido. Desde que llegó aquí, solo una persona, esta misma mañana precisamente, ha podido ojearlo. ¿Adivinas quién? El presidente José Luis Rodríguez Zapatero. El mismísimo ZP en persona ha venido hoy y me ha pedido a mí, a este pobre bibliotecario que le dejase ojear el libro.

No ha dado muchos detalles, pero me ha confesado que un libro que está escrito en latín, hebreo y castellano y que habla de un tema tan singular le puede venir muy bien para apoyar esa idea suya del "Diálogo entre culturas" o como le llame.

Mañana volverá. Y pasado. Y siempre que tenga un momento libre, ya lo hemos acordado. Como comprenderás no le podía decir que no.

Sin embargo… sin embargo yo no voy a arriesgarme. Esta misma tarde, antes de llamarte para quedar, he pasado por la agencia de viajes de debajo de casa y me he sacado cuatro billetes para la Argentina. Mañana pediré la excedencia. En una semana estaré en Buenos Aires con mi mujer y mis hijos.

Carlos… tú eres mi amigo… no te arriesgues: huye.
Ni siquiera el ruido del portazo provocado por su brusca manera de cerrar la puerta de su coche consiguió ahogar estas últimas palabras. ¿Sería verdad todo lo que había escuchado? Desde luego Luis no le había hablado en plan de broma, eso seguro. Más parecía el consejo de un buen amigo.

Arrancó el coche y encendió la radio para tratar de olvidar aquellas dos últimas horas. Eran las seis en punto. Seguía diluviando, aunque hasta ese momento ni se había fijado. En la radio, tras la voz enlatada del comentarista de Radio Nacional sonó la voz lejana y distante del Lehendakari Ibarretxe: "En vista de que en estos últimos meses se han desoído todos los llamamientos que hemos hecho a Madrid, he decidido por el bien de todos los vascos y vascas declarar la independencia de Euskal Herria. Dios esta con nosotros y espero que nos ayude en los difíciles días que nos aguardan…".


Charles Champs d’Hiers - 2005




lunes, 5 de septiembre de 2016

Un pequeño paso para el Hombre... (cuento lovecraftiano)



“Hermoso. Hermoso. Magnífica desolación.”
Buzz Aldrin, en respuesta a las primeras
y más famosas palabras de Neil Armstrong,
Luna, julio de 1969

La misión Apolo 11 regresó con dos cajas de muestras de rocas selenitas, que fueron analizadas en los laboratorios u obsequiadas a las naciones amigas. Insertadas ajustadamente entre el instrumental, eran plateada una y de aluminio la otra, y fueron abiertamente manipuladas mediante un aparejo de cinta plana y fotografiadas al regreso. Sin embargo, el aspecto más secreto de la misión fue que las cajas no llegaron vacías a la Luna. Adentro se embalaron ciertos objetos que aún están allí, enterrados en un sitio indeterminado, cercano al del alunizaje.

La carrera espacial había estado indudablemente inspirada en el patriotismo y la ideología, y los EEUU deseaban ostensiblemente demostrar que estaban delante de los soviéticos en tecnología espacial y militar llegando primeros a otro cuerpo celeste. Otra causa, secreta y oscura, inspiraba a un puñado de hombres situado cerca de la cúspide del poder, a llegar al satélite cuanto antes: Urgía sacar del planeta ciertos objetos que amenazaban la misma existencia de la raza humana.

El primero de ellos provenía del sudoeste del Reino Unido y había sido custodiado por más de tres siglos en los sótanos de la Torre de Londres. Durante una tormenta eléctrica en medio de un súbito huracán en 1638, la iglesia de Dartmoor fue atacada por rayos esféricos que mataron a varios de los feligreses. La leyenda local decía que un jugador de cartas había hecho un pacto con el diablo, que se consumaría cuando aquél se durmiera en el templo. Sucedió, y el diablo reclamó su alma. Al partir, los ases de la baraja del condenado habrían caído al suelo, y fueron conservados y exhibidos en la vecina posada de Warren House. En relatos más verídicos, el supuesto jugador era un brujo que invocó la tormenta y en ella, a un ser que llegó desde un cielo oscuro entre globos de luz coloreada y que el hechicero dirigió contra los fieles que lo hostigaban a causa de sus artes negras. Cuando el visitante regresó a las alturas, la enloquecida población despedazó al nigromante y saqueó su morada. En ella estaba el objeto que, al costo de millones de dólares y los mejores esfuerzos de los científicos más calificados, sería enterrado en el Mar de la Tranquilidad.

Dos siglos y medio más tarde, en 1897, un objeto no identificado cayó sobre el molino de un juez en Aurora, Texas. Su tripulante, que las crónicas periodísticas identifican como “de otro mundo”, fue enterrado en el cementerio local, en una tumba sin lápida.

En 1973 los investigadores de OVNIs de MUFON descubrirían allí una futurista aleación de aluminio y hierro, una lápida con un disco volador grabado en ella, un pozo sellado con concreto donde se habrían arrojado los restos de la nave. Pero habían llegado tarde: el objeto más significativo y anormal, que hubiera trastornado no obstante sus especulaciones racionalistas, estaba ya en la Luna.

Pocos años más tarde, los investigadores de una serie de crímenes en una localidad perdida de la llanura bonaerense allanaron un rancho y encontraron al morador indígena y principal sospechoso asesinado de un balazo en la frente. La casilla había sido incendiada, pero la combustión incompleta había preservado el cadáver y una estela de material desconocido que las manos de éste aferraban aún. La autopsia reveló que la bala era de plata y que el indio era casi bicentenario. El caso llegó a oídos alertas y la estela, olvidada en un museo policial, fue robada y puesta a buen recaudo hasta su inclusión en la caja plateada.

En 1947 y en la isla de Maury, estado de Washington, seis objetos luminosos se precipitaron sobre el bote de un marino que recogía troncos con su hijo y dejaron caer un trozo de escoria que mató a su perro. A la mañana siguiente, un extraño agente lo visitó para amenazarlo, aunque él no había hecho público el encuentro. A pesar de las intimidaciones, el marino lo contó a su jefe y éste llamó al ejército; años después, el superior, que llevó una vida signada por las conspiraciones, fue detenido durante el asesinato del presidente que impulsó el programa espacial y la conquista de la Luna. El avión que llevaba a los investigadores militares de regreso con evidencia del encuentro se estrelló en un lugar que no se identificó hasta sesenta años más tarde. El ente que había desencadenado el contacto, o más bien su imagen, viajaba entretanto hacia el desierto en el baúl del Buick flamante del visitante de la primera mañana, donde sería custodiado en espera de su transferencia a un sitio seguro. Fuera de la Tierra.

El incidente que decidió finalmente la misión se produjo en Point Pleasant, Virgina del Oeste, a fines de 1966, cuando dos matrimonios fueron interceptados y perseguidos por un ser enorme de ojos rojos y alas membranosas, rodeado de esferas de luz de diversos colores. En las noches subsiguientes aterrorizó a los vecinos y acechó las ventanas. Lo llamaron Hombre Polilla. Tras una oleada de contactos telepáticos proféticos, globos de luz inteligente, apariciones de extraterrestres e histeria colectiva, arrasó un puente sobre el río Ohio, con un saldo de 46 víctimas. Una secta del cercano Charleston, integrada principalmente por hispanos y mestizos, fue detenida esa noche e internada en una prisión secreta de Wyoming. Sus creencias y prácticas eran tan repulsivas que nunca volvieron a tener contacto con otros humanos, ni entre ellos.

El ídolo que usaban para invocar al ser de las estrellas se sumó a una colección ya intolerable. Fanáticos tenaces rondaban los sitios donde se guardaban, aunque se los mantuviera en secreto, y los crímenes rituales se multiplicaban. Para mayor alarma, las detonaciones nucleares en cierta ciudad submarina detectada bajo el Pacífico no habían dado el fruto esperado, y la contaminación radioactiva era ahora enorme, produciendo miles de casos de cáncer de estómago y la protesta de gobiernos amigos. Acciones similares en Mururoa habían sido más efectivas, ya que al menos habían erradicado a los visitantes superficiales, pero aparecían insuficientes. El próximo incidente podía involucrar a miles en una gran ciudad y desatar el pánico. Era un problema extraordinario que requería una solución extraordinaria. De este modo se llenó la primera caja.

La otra estaba repleta de libros, mayormente en latín: El Museo Británico, la Universidad de Buenos Aires, la Biblioteca Nacional de Paris, las Universidades de Arkham y Harvard, Massachussets y la Universidad de Lima habían cedido con alivio sus copias, irritados por los lectores curiosos, e inquietos a causa de ciertos investigadores fanáticos. A último momento se agregó el tomo de la Biblioteca Secreta del Vaticano. Había también tres ejemplares en griego: una requisada en Salem, Massachussets, durante la caza de brujas; el volumen del Monasterio de San Juan el Divino de Patmos, y el de la Biblioteca Marciana de Venecia, que databa de la caída de Constantinopla. Dos originales árabes, uno hallado en Mokka por un comerciante vienés de café, cerca de la casa donde vivió Rimbaud, y el otro proveniente de Basora. El bloque comunista confió siete ejemplares más, provenientes de Kazan y Cracovia, Berlín y Praga, Samarcanda, Beijin y Huang-Zou. La historia enseñaba que no era viable destruir esos libros, porque habían sobrevivido a quienes lo intentaban, pero en breve quienes desearan consultar sus hechizos deberían emprender un viaje largo y difícil. Además, en todas las copias se destruyó la página setecientos cincuenta y uno.

Meses y años de preparativos y valijas diplomáticas se elevaban en una llama purificadora que surcó el espacio y se posó en la Luna. Sorprende saber que las evoluciones de los astronautas de Apolo 11 en las escasas dos horas y media de su caminata lunar se limitaron al territorio de una cancha de fútbol: Si imaginamos el módulo estacionado en un extremo de la medialuna del área, los traslados se concentran en la misma mitad del campo, de un corner hasta el lateral opuesto. Un recorrido aislado de Armstrong cruza hasta el imaginario punto penal de la otra área, el borde del llamado Cráter Este. Suponemos que allí llevó las dos bolsas protegidas por extraños símbolos que ocupaban las cajas, y allí están ahora, donde nadie pueda emplearlos ya, ni asomarse a los abismos malignos de cierto trapezoedro de cristal, el ejemplar más aterrador en ese terrible conjunto.

Finalmente cargaron los Contenedores de Muestras de Retorno, llenos ahora con veinte quilos de piedras lunares, en sus colocaciones entre el instrumental, subieron y cerraron la escotilla, durmieron unas horas siguiendo el programa. Descubrieron que la llave de encendido para el retorno estaba rota; el bolígrafo de Aldrin permitió la ignición de partida.

Mientras el vehículo emprendía el regreso, los escapes de los impulsores derribaron la bandera plantada demasiado próxima a la nave, empujaron polvo lunar sobre el agujero recién cubierto en el cráter, estremecieron la placa que testimoniaba el viaje, grabada con imágenes de la Tierra y las firmas de los astronautas y el presidente Nixon.

Una leyenda breve proclamaba la misión del viaje: “Los hombres del planeta Tierra pusimos por vez primera nuestros pies en la Luna, Julio 1969 DC. Vinimos en busca de paz para toda la Humanidad”.

Por Claudio Casco, del desaparecido blog Los que nos comimos a Cthulhu.